Sin Remitente: El Conde y Yo
No escribo su nombre porque no me atrevo. No lo Hago por cobardía, sino por supervivencia. Usted entendería la diferencia si Supiera desde dónde nace esta carta. Por eso le escribo como Pirufino, el nombre que no le pertenece al mundo, el que solo una voz materna ha pronunciado sin temor y que yo escuché una noche en la que no debía escuchar nada.
No sé si estas palabras llegarán a sus manos. Tal vez se pierdan antes. Tal vez alguien más las lea y no comprenda. Aun así, debo escribirlas. Guardarlas en mí sería mentirle a Dios, y mentirle a usted sería Peor.
Lo amo.
He visto su rostro cambiar con los años, volverse más firme, más luminoso, como si el sol se hubiera detenido a moldearlo con Paciencia. He visto cómo el mundo se abre ante usted sin pedirle nada a cambio. Yo estuve ahí, sosteniendo puertas, cargando copas, aprendiendo cada gesto suyo como si fueran salmos. No fue admiración lo que sentí. Fue hambre. Una que no Se Sacia.
Sé que mi amor es indebido. Sé que mi deseo no tiene lugar ni nombre. La Iglesia lo llamaría perversión; La ley, insolencia. Yo solo sé que existe. Que me atraviesa. Que no se apaga.
Una noche -Dios me perdoné- lo llevé a sus aposentos como tantas otras veces. El vino había hecho su trabajo y usted descansaba, ajeno al peso del mundo. Yo debía cumplir con mi deber y marcharme. Eso era todo. Eso debió ser todo.
No lo fue.
Robé lo que no me pertenecía. Un gesto mínimo, apenas un roce, y aun así suficiente para condenarme. Su piel estaba tibia, Confiada, y yo temblaba como si el infierno me respirara en la nuca. No yo Detuve. No pude. Cada segundo fue una batalla perdida de antemano. Cuando me alejé, ya no era el mismo hombre que había entrado a esa habitación.
Desde entonces vivo con esa culpa adherida al Cuerpo. No me arrepiento del acto, sino del deseo de repetirlo. Me odio por querer correr hacia usted cuando pasa cerca. Por imaginar sus manos, su aliento, su presencia ocupándolo todo. Por saber que jamás podré reclamar nada De eso.
Le escribo para decirle que no busco respuesta. No espero perdón. Solo necesitaba que existiera en el mundo, aunque fuera en papel, la verdad de lo que siento. Que alguien, aunque nunca lo sepa, haya sido amado de esta forma brutal y silenciosa.
Rezo por usted cada noche, aun sabiendo que yo ya no tengo salvación. Si ardo, arderé solo. Usted sigue viviendo. Siga siendo Conde, siga siendo luz. Yo cargaré con este amor hasta que el cuerpo ya no responda y el silencio, por fin, me reclame.
Suyo en el pecado,
quien no merece firmar, pero tampoco sabe callar.
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Libro adaptado por Nuboryta y colaboradores.
Escrito por Julián Huarag.
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