Ojalá no fuera diciembre
En la selva, la Navidad no se parece a lo que muestran en
Las películas. Aquí o llueve sin aviso o el calor se vuelve tan espeso que
Cuesta Respirar. A veces pasan ambas cosas el mismo día. El aire se queda
pegado a la piel, la ropa no se seca nunca y todo huele a tierra mojada.
Siempre quise ver nevar. No por una razón grande, creo, sino por curiosidad.
Por saber cómo se siente el frío de verdad en una fecha que, se supone, debería
ser distinta a las demás.
Es raro que el año se esté acabando. No porque haya pasado
rápido, sino todo lo contrario. Hubo momentos en los que sentí que no iba a
terminar nunca, que los días se repetían sin avanzar y que diciembre era solo
una palabra más en el calendario. Y, aun así, aquí está. Como si nada.
Me siento solo. No es algo nuevo, pero hoy pesa distinto.
Nunca he sido ese tipo de chico que entra a un lugar y llama la atención sin
Esfuerzo. No tengo ese algo que atrae a las personas. Soy callado. Hablo, sí,
pero casi siempre conmigo mismo. Las veces que he intentado acercarme más,
decir algo que importe, las palabras no salen o salen mal. Se enredan. Suenan
Torpes. A veces me adelanto y digo de más; otras, me quedo corto y el silencio
termina diciendo todo por mí.
Aun así, tenía un grupito. Pequeño, pero real. Con ellos salía,
conversaba, hacía planes que no siempre tenían sentido. Planes alocados,
absurdos, de esos que no llevan a nada concreto, pero que igual se sienten
necesarios. La Navidad pasada nos reunimos para tomar chocolate caliente y
Come Panetón. Lo gracioso fue que nadie se puso de acuerdo y cada uno llevó
uno. Había panetón por todos lados. Demasiado, incluso. Nos reímos de eso más
de lo que deberíamos.
Después, la noche se fue calmando. Hablamos de cosas más
íntimas, de batallas que cada uno estaba peleando en silencio, de momentos que
dolieron más de lo que admitíamos. No fue nada extraordinario. No hubo grandes
promesas ni discursos largos. Fue sencillo. Pero, de alguna forma, fue hermoso.
Se sentía honesto.
Ahora todo es diferente. Por distintas razones, todos se
fueron alejando. Algunos viajaron. Otros, simplemente, no quieren saber nada. Y
otros desaparecieron sin decir mucho. Los mensajes se hicieron escasos. Las
respuestas, tardías. Hasta que un día dejaron de llegar.
A veces me pregunto si es por mí. Si hay algo en mí que
empuja a las personas lejos sin que me dé cuenta. Si las señales estuvieron ahí
y yo no las vi, o no quise verlas. Me esfuerzo por entenderlo, de verdad, pero
no llego a nada claro. Repaso conversaciones, gestos, silencios. Todo parece
normal hasta que deja de serlo.
Por eso, esta Navidad se siente extraña. No es solo el calor o la lluvia, ni el ruido de los cohetes mezclado con la música de las casas vecinas. Es esta sensación de estar en el mismo lugar de siempre, pero sin las personas que solían darle sentido. Como si algo se hubiera movido sin hacer ruido y recién ahora me diera cuenta.
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Portada elaborada por Nuboryta y Freepik.
Libro adaptado por Nuboryta y colaboradores.
Escrito por Julián Huarag.
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